Abogando por la extensión de la edad de jubilación, la presidenta de la Asociación de AFP argumentó que “Nicanor Parra trabajó hasta los 103 años”. Cierto: los escritores y escritoras nunca dejan de trabajar, en la medida que la vocación, la imaginación, la inteligencia, no se marchiten. Otra cosa es que puedan vivir de su trabajo. O se ganan la vida –y la muerte- trabajando “en otra cosa”. Es bueno –y malo- el ejemplo parriano para reflexionar sobre el asunto. Después de perder la voz haciendo clases, “embrutecido por el sonsonete / de las quinientas horas semanales” (ver Autorretrato) Nicanor Parra recibió una merecida pensión vitalicia a los 55 años: el Premio Nacional de Literatura, que pocas veces lo han recibido escritores menores de 60 años (en la excepción están Neruda y Zurita).

En general, estas distinciones han sido consideradas casi como la coronación de una trayectoria para escritores/as mayores, “por una vida dedicada a la literatura”. Se trata de un premio excepcional. Nicanor Parra lo tuvo, en buena hora. Se entrega cada dos años; es decir, cada cuatro años considerando la alternancia entre poetas y narradores (y dejando afuera a los ensayistas). Por ello, la Sociedad de Escritores (SECH) ha luchado por la recuperación de la anualidad del Premio Nacional de Literatura. La precariedad económica de los escritores que han “dedicado una vida a la literatura” ha llevado a que muchas veces la postulación sea prácticamente la petición a una pensión de gracia para artistas que han muerto en la miseria económica.
Es sabido, también, que grandes escritores y escritoras que trabajaron en sus obras hasta el último día no tuvieron ese premio que, más que una jubilación, debería ser un incentivo para seguir escribiendo (pienso en María Luisa Bombal, Enrique Lihn, Stella Díaz, Jorge Teillier… y tantos otros). Aparte de los y las excepcionales son muchos los artistas que tal vez no tengan la excelencia de algunos de los premiados ni conexiones políticas ni apoyos mediáticos o editoriales, pero que sí tienen un trabajo abnegado, cotidiano y digno, que llegan a la vejez sin pensión ni otros ingresos y que son invisibilizados. Los escritores viejos caen muy luego en el olvido social. Al mismo Nicanor Parra el presidente Piñera –hermano del inventor de las AFP- lo dio por muerto en el año 2010. Y ciertamente don Nica estaba trabajando. No se llega al centenario sin los medios para tener el cuidado merecido.

Nos amparamos en gremios siempre solidarios y dignos; pero obligados a ser menesterosos, preocupados –por ejemplo en la Sociedad de Escritores de Chile- por incrementar un Fondo de Ayuda Solidaria, siempre insuficiente, para ayudar a los viejos escritores que –si bien trabajan en sus obras porque nunca dejan de escribir- no cuentan con una pensión digna o ingresos que les permitan sobrevivir. No son pocos los escritores que aspiran a alguna pensión de gracia ni los que fallecen confirmado el estereotipo del artista que muere en la miseria (después, claro, viene los homenajes y mitificaciones). Por otro lado, en la Sociedad de Derechos de las Letras (SADEL), se preocupa de la protección, defensa y promoción de los derechos de los autores/as sobre sus obras, con el fin de obtener una justa retribución por su trabajo; sin embargo, sabemos que esos derechos no siempre se respetan ignorando a los autores y editores que están tras cada obra. No hay seguridad social para los trabajadores de la cultura, hombres y mujeres. Y están, claro, los fondos concursables que son una conquista que mitiga la situación, pero que obliga a los artistas a competir entre ellos y esperar angustiosamente los resultados donde no más de un 10% de los competidores resulta beneficiado. Y la desilusión da rabia. Por ello nos agrupamos en nuestras organizaciones y nos asociamos en la Unión Nacional de Artistas. Por ello hay teatristas que se visten de luto y cuelgan su vestuario frente a la casa de la ministra de cultura.

Imaginemos la cuarentena en pandemia sin libros, sin música, sin el cine, sin el arte. Sin el canto de balcón a balcón que nos humaniza en la desgracia. Sería mejor no quejarse, pero la indolencia de quienes creen que los profesores no quieren trabajar, que los consultorios son para hacer vida social y otras sandeces de quienes viven en el oasis, exigen reaccionar ante los dichos de quien representa a las AFP. Su arrogancia e insensibilidad, que se convierte en burla e insulto, tiene el mérito de darle visibilidad –por contraste- a una situación que merece ser reparada. Nos referimos a la precariedad que, en general, viven los escritores y escritoras y gran parte de la comunidad artística. La señora Cox también nombra a Humberto Maturana, a quien –por sus dichos- parece que no ha leído.

Vale la pena leer a nuestros grandes viejos, de quienes en algún momento el Estado se acordó que debían tener una pensión digna por sus obras que engrandecen nuestra cultura; y para que pudieran seguir trabajando sin el apremio del hambre.


Jorge Montealegre I.
Escritor
Vicepresidente de la Unión Nacional de Artistas.