Testimonios de tres venezolanos que han traspasado cinco límites fronterizos antes de llegar a la capital regional. Una crisis humanitaria que se ve principalmente en el norte del país.

Una chica de no más de 18 años, delgada, enfoca a un perro con su celular. El perro nunca sabrá que está apareciendo en un teléfono móvil de Venezuela. La chica, desde un costado del Terminal de Buses de Antofagasta, le dice al receptor que hasta los perros en Chile están bien alimentados. Luego se ríe, y apura el paso. Ella se pierde entre un grupo de personas, maletas, mochilas y bultos inclasificables.
La mayoría de los migrantes están sentados en el suelo. El lenguaje de las parcas acolchadas, bufandas y abrigo dan cuenta de la lucha contra el frío. Está nublado. Ellos esperan. El cansancio se lee en algunas miradas. Los jóvenes y los niños son los más entusiastas. Unos niños patean una pelota.
Algunos usuarios del terminal se detienen, contemplan la postal y sacan fotografías. Otros, en cambio, ni se inmutan de lo que ocurre a unos metros. Los migrantes agradecen gestos como recibir algo de comida. A muchos les incomoda que los compadezcan. No están acostumbrados. Puede decirse que antes de la debacle de Venezuela, ellos perfectamente sostenían una vida similar a la clase media chilena. He aquí tres testimonios de migrantes que a mediodía de ayer se encontraban en el terminal, esperando continuar su viaje a Santiago, después de atravesar cinco fronteras.
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