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Analista Político Joaquin Orellana

El liderazgo del presidente está entrampado en el anhelo de conseguir una imagen frustrada, un legado que no será y que sí lo es, será en el mejor de los casos un no ejemplo del arte de gobernar

En una vieja, pero vigente, discusión sobre la ubicación del ser en el espacio temporal, Martín Heiddeger indica que el ser, en este caso la persona, se encuentra permanentemente en potencia, es decir nunca “está completamente ahí”, sino más bien siempre busca conquistar un momento que no está dado, una imagen futura, una proyección anhelada. Lo mismo refrendará, con más crudeza por supuesto, Jean Paul Sartre, e incluso el mismo Ortega y Gasset. Hay, en consecuencia, una indigencia permanente eclipsada por un deseo no resuelto.

Lo anterior, desde la política dialoga de manera interesante con la pregunta que se hace el politólogo polaco Adam Przeworski respecto a ¿qué esperar de la democracia?, en tanto este sistema político se funda directamente bajo la premisa de una promesa que está permanentemente en potencia. De esta manera, la legitimidad ética de la democracia se juega en su apariencia y en la capacidad que tiene de cumplir las expectativas de los ciudadanos y ciudadanas (en definitiva, cumplir “la promesa”).

Menciono la teoría, puesto que busco que comprendamos de manera integra y crítica el momento actual en el que se encuentra Chile. En la antesala de un proceso constituyente histórico, caso único desde la perspectiva comparada, el país atraviesa la peor crisis política, económica, social (y sanitaria), de los últimos 30 años. Esta crisis tiene contexto en una tensión democrática mayor que transcurre en occidente y se relaciona con cierta frustración acumulada de los ciudadanos por promesas incumplidas ligadas a la sensación de bienestar, la seguridad en su definición amplia y la igualdad desde las oportunidades.

Ahora bien, el caso chileno es particular, puesto que se enfrenta a una coyuntura que es en sí mismo crítica, dada la reconfiguración inminente de las reglas del juego (nueva Constitución). En este contexto, el gobierno, liderado por Sebastián Piñera, sigue al pie de la letra la impotencia de la cual hablo al inicio de esta columna. Mientras más el ejecutivo se esfuerza por conseguir sus propósitos, más son las posibilidades de fracaso, en tanto ha decidido defender, no la promesa democrática que se ha manifestado de la mano de la voluntad general de la población, sino más bien un viejo orden custodiado por la Constitución originada en dictadura.

El mejor ejemplo de lo anterior es la defensa férrea al modelo de pensiones actual. Un sistema que en su espíritu original no busca garantizar seguridad social, sino especular con los ahorros individuales de los chilenos y chilenas mediante distintas inversiones a través de las administradoras de fondos. Esta cuestión fue una de las principales demandas de la revuelta del 18 de octubre de 2019, la necesidad de avanzar en un nuevo sistema de pensiones, uno más justo y solidario.

La completa inoperancia en términos de ayuda directa a las familias en medio de la pandemia lleva a que celebremos el tercer retiro de los fondos de pensiones, una mala política económica, pero necesaria en tiempos de incertidumbre y angustia generalizada. El broche de oro lo puso el Tribunal Constitucional al considerar inadmisible la arremetida del ejecutivo en contra del retiro de los fondos.

Quedan meses para el término del gobierno y no hay indicios de que la situación política mejorará. De esta manera, el liderazgo del presidente está entrampado en el anhelo de conseguir una imagen frustrada, un legado que no será y que sí lo es, será en el mejor de los casos un no ejemplo del arte de gobernar. Así, los “tiempos mejores” de la derecha chilena hacen carne la promesa impotente, aquella que genera indignación en la población y desafección hacia la política.