REGIÓN DE COQUIMBO.

  • esplazada a un segundo plano por la pandemia del Covid-19, la crisis hídrica en la región continúa profundizándose debido al cambio climático y la falta de precipitaciones. Un equipo de diario El Día recorrió algunos sectores rurales de la Provincia del Limarí, en donde sus agobiados habitantes sólo esperan a estas alturas, que la naturaleza se apiade de ellos para seguir viviendo de lo que da la tierra.

Históricamente la Región de Coquimbo, como territorio perteneciente a la macro zona del Norte Chico, ha estado habituada a largas temporadas de sequía y falta de lluvias. 



Pero lo que hoy se vive, al menos desde hace 10 años –y un poco más– escapa a toda regla y norma que se había conocido hasta entonces. Y es que la sequía que enfrentamos en la región y en buena parte del país, responde a fenómenos muchos más globales, como es el Cambio Climático.

Al mismo tiempo, a fenómenos más particulares –que tienen efecto en nuestro país– como la llamada “mancha cálida”, una zona del Pacífico cerca de Nueva Zelanda que está hasta 6°C más caliente que la mayor parte de los océanos en el resto del planeta, y que según estudios científicos, acentuaría el desarrollo de las bajas presiones en la periferia de la Antártica, desviando los sistemas frontales hacia el extremo sur del país, evitando así, que pase la lluvia al resto del territorio nacional. 

Pero lo cierto es que, más allá de los modelos científicos y de las proyecciones que se puedan hacer para las próximas décadas en relación a la disminución de las precipitaciones en Chile, las consecuencias más graves de este fenómeno tienen fundamentalmente, rostro humano. 

Y en la región conocemos de cerca esta situación.

Y es que pese a que los organismos del Estado, así como también iniciativas privadas, han tratado de ir en auxilio de los más afectados por diferentes medios, aquellas estrategias para adaptarse a esta nueva situación de escasez en el largo plazo, aún se encuentran en pañales o bien –como en el caso del Plan Caprino– recién comienza su rodaje. 

Por otro lado, un año 2020 y ahora un 2021 marcados a fuego por la pandemia de coronavirus, tampoco ha ayudado para avanzar en esa línea. 

“No tengo más alternativa”

Bajo ese contexto, y ante la amenaza de vivir otro año seco en cuanto a lluvias, es que un equipo de Diario El Día decidió trasladarse hasta el interior de la región, para observar in situ, la realidad que viven aquellos habitantes de la ruralidad que, como es de público conocimiento, han sido los más golpeados por la crisis hídrica. 

Aunque tal vez, en el fondo, más bien habría que hablar de “actualizar” una situación que ya conocemos desde hace años en comunas como Punitaqui, Combarbalá y Monte Patria, pero que producto de la coyuntura mediática que ha marcado la pandemia, ha quedado desplazada a un segundo orden.

De esta forma, y en el recorrido que nos lleva hasta Combarbalá vía Punitaqui, -realizado durante la misma jornada en que se conmemora el Día Internacional de la Lucha contra la Sequía y la Desertificación- no es difícil ver como la aridez y la sequedad se ha ido apropiando del paisaje hasta transformarse en algo cotidiano. 



Así, pasada la empinada cuesta Los Mantos, llegamos hasta el pueblito de Medialuna. Tomamos el desvío hacia el sector de Huilmo Alto, zona de crianceros y pequeños agricultores, y allí, trabajando su campo, pese a la fuerte artrosis que lo afecta, nos encontramos, con don Servando Carvajal. 

A sus casi 87 años de edad, es dueño de un terreno que claramente, tuvo tiempos mejores en el pasado, pero que hoy, salvo algunos retazos de verdes árboles frutales, muestra el devastador efecto de la sequía. 

“Tengo algunos árboles que todavía me dan producción, pero he tratado de regar, de salvar un poquito más. Por la sequía, he perdido alrededor de un 60% de mi campo, que está seco, muy seco”, dice. 

Para este pequeño agricultor, que en su juventud probó suerte en la minería del norte, el campo es su vida. Y ni siquiera las duras condiciones de vida a las que está sometido hoy, lo inhiben de abandonar su tierra. 

“Hay mucha gente que ha abandonado la tierra, y se ha ido. Y todo esto por la sequía no más.  ¿Pero qué voy a hacer yo en la ciudad? A ‘amontonarme’ no más. No, esa no es mi visión. Pero llevamos casi 12 años secos y eso es mucho. Por eso trato de buscar cualquier vía, quizás más comercial, para poder subsistir aquí en el campo, lo que sea más rentable”, indica.



Y si bien, don Servando ha recibido ayuda de entidades estatales como Indap, reconoce que debido a la magnitud del problema, todo apoyo se vuelve a la larga insuficiente. 

“Por ejemplo, yo recurrí al riego por goteo para salvar algo. Tengo un pique que trabajó hasta hace poco, pero todo ya se ha secado, y con ello los árboles. Ya no queda nada”, explica. 

Por eso, no le llama la atención que su familia le aconseje no seguir insistiendo en algo que, eventualmente, podría morir definitivamente en caso de que no cambien las condiciones. 

“Mi familia me dice que no haga nada más, porque ya he trabajado mucho, porque todo lo que se ve aquí ha pasado por mis manos. Tengo cinco hijos pero todos están trabajando en otras pegas, porque esta labor, como está ahora, no paga. Para mi trabajar aquí no es fácil, pero no tengo más alternativa”. 

Por tal motivo, llama la atención que don Servando aún se mantenga en pie, y más impresionante aún, que esté dispuesto a seguir “luchando”, como él dice, para salvar lo poco que le queda. “Tengo algunos arbolitos de limones que hay que injertar todavía, así que estamos esperando la voluntad de Tatita Dios para que nos pueda traer algo de alivio”, expresa. 

Es más, si la naturaleza se comporta bien dice, “quiero dejar algo bonito aquí. Que sepa la gente que aquí vivió alguien que hizo algo por su vida”.