Son muy pocas las ocasiones en que la opinión de un columnista amerita que me siente, directamente, a escribir frente al computador. La carta de Cristián Warnken sobre la muerte del Scuadritto es una de ellas.

Lamento, profundamente, el cierre del restaurante, al cual tuve la fortuna de ir en un par de oportunidades; lo siento por sus trabajadores, sus propietarios y sus clientes. Lo siento, también, por la tradición que tenía en el Barrio Lastarria, del cual fue uno de sus iniciadores. Sin embargo, cuando escribimos o publicamos en medios de comunicación, creo, tenemos una responsabilidad social; aun cuando, evidentemente, cada uno es libre de escribir sobre aquello que estime conveniente. Por tanto, mi crítica no es personal ni mucho menos, está dirigida a las ideas expresadas por el señor Warnker, quien utiliza el concepto de “lugar sagrado” para mediar un relato acerca de sus experiencias con gente importante de la cultura -a quienes, por supuesto, valoro y respeto-, con quienes no podrá volver a encontrarse en dicho espacio.

Más de alguien podrá pensar que esta carta está motivada por el resentimiento, es verdad, no acudo tanto como me gustaría a restaurantes y no tengo cercanos tan famosos para describir alguna reunión con ellos en esta misiva. Además, mi pluma no es tan exquisita como la del columnista, pero hablar del Scuadritto como un lugar sagrado creo es una exageración, que me resulta indignante en el actual contexto.

Para mí, los lugares sagrados son los bosques y los ríos de mi país que han sido devastados por las forestales; las playas y los glaciares milenarios, destruidos por la gran minería; los cielos contaminados por la gran industria y las termoeléctricas. Sagrados son los habitantes de mi patria que han debido cargar con los costos económicos de la pandemia; las familias de Quintero que deben enfrentar cada día su vida en una “zona de sacrificio”; las comunidades mapuche violentadas por el Estado chileno; los pobladores de Caimanes que deben vivir sin agua, entre muchos otros.

Sin duda, el estallido social o revuelta popular ha tenido costos y generado daños y víctimas “colaterales” que la pandemia terminó por sepultar. Creo que, también, extrañaré alguno de los sitios que, Cristián Warnker nos recuerda, han desaparecido, pero solo lo haré consciente del privilegio de quién podía visitarlos.

Espero que este país cambie, para que los sitios sagrados no sean solo aquellos relevados por un grupo social específico lleno de privilegios. Espero que mi país cambie para que la salud, la educación, las jubilaciones dignas, el acceso a la justicia, el agua, el cuidado del medio ambiente y muchos otros, sean derechos consagrados a sus habitantes; es decir, sagrados para todos y todas.

Ese es el ritual que estamos esperando, el rito de construir todos y todas juntas, una carta de navegación que nos lleve, de verdad, a lugares sagrados donde podamos rendir honores a nuestros muertos, a nuestros enfermos, a los que perdieron la vista, a los que siguen presos sin juicio alguno. Para eso son los ritos, para encontrarnos, compartir, celebrar, conmemorar, acompañarnos y sanar heridas.