Tomás Bravo (3 años) ha partido de este mundo y nos deja una triste huella de dolor, en un sendero que nos lleva a concluir, una vez más; que el colectivo social más desprotegido en Chile sigue siendo la infancia.
El lugar común para situaciones como estas es colocarse en la tribuna de la moral impoluta y desde allí condenar la morbosidad grotesca con la que los medios oficiales abordaron la búsqueda del niño. Nueve días de pornomiseria televisiva y corrección política que debimos soportar en despachos en vivo desde la octava región. Tolerar los rostros de preocupación en conductores de matinales y el incesante llamado a creer en una institucionalidad que buscaba al extraviado niño.
¿Confiar en la institucionalidad? Ese mismo complejo de oficinas, servicios, secretarías y ministerios que al momento de dar educación a una niña o un niño hace la vista a un lado y defiende el lucro para acceder al conocimiento o que tras un año de crisis sanitaria obligará a estudiantes de sectores vulnerables en asistir a clases presenciales al mismo sistema educacional que colapsa, ya sea con protestas, lluvias o temblores. Esa misma institucionalidad que obliga a familias y barrios enteros a generar redes de precaria solidaridad para obtener una salud digna cuando un(a) infante comete el error de enfermarse y para su desgracia debe recurrir a una salud pública en quiebra y desahuciada. Esa misma institucionalidad que invisibiliza la realidad de la infancia en Chile: desprotegida, desvalida y empobrecida. Y con la misma sensibilidad que invisibiliza también criminaliza a la infancia en Chile. Las mismas caras de preocupación e indignación qu vemos desde los televisores haciendo gárgaras con la palabra justicia, esos mismos rostros son los portavoces de invisibilizar una tragedia permanente que se llama ser niño en Chile ¿Recuerdas el caso Spiniak o la red Paidos? ¿Cuánta balas locas terminan de regar con globos blancos los barrios populares?
Tomás, a quien en un gesto de cariño los medios han bautizado como Tomasito, en estos momentos debería estar gozando del cariño y preocupación de su madre. Y no en una morgue donde su cuerpo tendrá que ser inspeccionado para definir la causa de su muerte.
Educación, salud y redes reales de protección y rehabilitación para la infancia están en crisis. Y el oportunismo de medios y autoridades de “compartir el dolor”; le basta con reducir dicha realidad a un hecho, lamentable y doloroso; pero recalcando la condición de aislado.
Ayer fueron las víctimas de Spiniak o las muertes en SENAME. Hoy se llama Tomás, encontrado muerto en un campo de la región del BíoBio. Pero todos los días las vidas de niñas y niños no dejan de ser una travesía de cuidados y temores. Y saber que se crece sin derechos.