Extracto de entrevista realizada por BBC Mundo

“Nos llevaron a la Fuerza Aérea de Chile y nos dieron un traje blanco (un equipo de protección personal). Agarramos nuestras cosas y cuando salimos estaba la prensa.

Prácticamente, yo me sentí como un delincuente, como si hubiera hecho algo malo.

La verdad es que yo intenté hacer las cosas bien. Me autodenuncié, que era la forma legal para regularizar el ingreso al país, pero nos subieron a todos en el avión. 

Los sueños de todos se habían acabado”.

Este fragmento es parte del testimonio de Ricardo Meléndez, un joven venezolano de 19 años, que fue despertado a las 2.AM en el refugio donde se encontraba en la ciudad de Iquique y llevado al aeropuerto para ser deportado.

Él formó parte del vuelo de la Fuerza Aérea de Chile, en el que unas 138 personas, en su mayoría migrantes venezolanos, fueron enviados a su país de origen por incumplir con las leyes migratorias chilenas. Se trataba de personas que, principalmente, habían ingresado de forma clandestina hace menos de tres meses al país, dijo Rodrigo Delgado, Ministro del Interior.

Esta decisión tomó por sorpresa a la oposición venezolana, quien veía en el gobierno de Sebastián Piñera a uno de los presidentes más comprometidos con la causa Anti-Maduro. Y, también, recibió la crítica de organismos de derechos humanos.

“Las autoridades dicen que ingresan de forma ilegal, sin visa, pero ellos no tienen cómo entrar de manera legal porque Chile les exige un visado que las personas hoy día no pueden conseguir”, aseguró Macarena Rodríguez, miembro del directorio del Servicio Jesuita a Migrantes

En entrevista concedida a BBC Mundo, Meléndez señala:

“El 8 de enero salí rumbo a Chile. Empecé viajando con un amigo, pero él decidió quedarse en Lima y yo seguí hacia Bolivia.

Parte del viaje fue caminando. A veces me daban un aventoncito, me montaba a una gandola (camión) o mi hermano me ayudaba con algo del pasaje.

Llegué a las 8 de la noche del 30 de enero a Colchane, en la frontera entre Bolivia y Chile. Y allí me encontré con más venezolanos. Más de 300 personas.

Estaba solo y decidí cruzar, irregularmente, como todos lo hacían. Fueron tres horas caminando por el desierto hasta una parada de bus.

Ahí pasé la noche, pero no pude dormir porque el frío era insoportable, aunque llevaba puestas dos franelas (camisetas), dos chaquetas, un pantalón y dos monos (pantalones deportivos).

Como a las 5 o 6 de la mañana pasó otro grupo de personas que decidieron, también, caminar por el desierto. Había muchos venezolanos y los carabineros estaban apoyándolos, supuestamente”.

Migrantes venezolanos caminan por el desierto en el límite entre Bolivia y Chile.

FUENTE DE LA IMAGEN,REUTERS

Su relato continúa señalando:

“Yo caminé otras siete horas por ese desierto, desde las 5 hasta las 12, sin agua, sin comida, sin nada. Encontré un racimo de uvas y eso es lo que tenía para comer.

Estaba cansado, no había dormido nada y durante el día el sol era insoportable. No encontré ni una sombra para descansar.

En el camino me encontré con una gandola que venía de regreso. Paró y me ofreció un refresco.

Me preguntó a dónde iba. Le dije a Huara, el próximo pueblo. Me dijo que no había forma de que yo llegará, que aún me faltaban tres horas en carro y caminando como casi dos días.

Si seguía caminando en ese desierto a lo mejor no podría sobrevivir.

Me subí a la gandola y me llevó de regreso a Colchane.

Cuando llegué a Colchane vi una enorme cantidad de venezolanos.

Me dijeron que uno se podía “autodenunciar” con los carabineros y ellos te daban el apoyo para llamar un autobús y llevarte a un refugio. Decían que era la manera legal para las personas que estuvieran entrando de forma irregular el país.

Entonces me autodenuncié el lunes pasado. Entregué los documentos y firmé un libro donde quedaba registrado.

Estuve cinco días en Colchane, sin comer, durmiendo en el piso, esperando que llegara mi turno de que me llamaran.

Desafortunadamente, en esos días murió una persona de la tercera edad y otra señora de hipotermia, por el frío.

Desagradablemente me tocó verlos. Estaban en una plaza.

Yo estaba triste y preocupado porque pensaba que ese podría haber sido yo.

Si seguía allí, me podía pasar a mí.

Finalmente, me tocó número en la lista para el autobús. Primero subían madres e hijos, después las mujeres solteras y, por último, los hombres solteros.

Pasamos por la aduana, nos revisaron las maletas y nos dirigimos hacia Iquique (en el noroeste de Chile), a un refugio sanitario.

Después de los dos días en ese refugio, se inició la primera prueba de PCR para el covid. Yo di negativo y ese mismo día me llevaron a mí y a otro grupo a otro refugio.

Ahí llegó la Policía de Investigación de Chile (PDI) y nos dijeron que iban a crear un registro de los venezolanos, para darnos el pasaporte sanitario y un carné de movilidad para que no tuviéramos problemas con migración.

Entonces, pensamos que allí estaba la ayuda.

Íbamos a hacer todo legal como ellos decían para no tener problemas.

Todos estábamos contentos: madres, hijos, abuelos; dando todos los requisitos, todos los datos que ellos te pedían.

Dijeron que en dos días volvían con el pasaporte sanitario y con el certificado móvil. No vinieron.

Aparecieron al tercer día a las 2 de la mañana. Nos pareció un poco raro.

Nos llamaron a todos, nos sentaron y nos pidieron los documentos. Nosotros los entregamos voluntariamente, porque pensábamos que era para el certificado.

Cuando me llamaron a mí, apenas me dejaron leer y decía: acta de expulsión.

En medio de la oscuridad, no te dejaban ver la hoja, no te dejaban nada.

A algunas personas les decían: aquí tienes que poner que “no” o que “sí”. 

Eso fue un engaño.

El papel decía que estabas de acuerdo y que no ibas a apelar. Si no firmabas, te esposaban. Todos firmamos.

Ellos nos dijeron que los documentos estaban retenidos hasta el día siguiente. Entonces todos estábamos preocupados, preguntándonos qué sucedería.

Cuando todos terminaron, uno de los agentes de la PDI nos dijo con sarcasmo: ‘Felicidades, ya pueden regresar a su país’. Y empezaron a aplaudir.

No entendíamos nada.

Comenzamos a preguntar y nos dijeron que podíamos apelar el caso, que teníamos 24 horas para llamar a un abogado.

¿Pero cómo vamos a llamar a un abogado si nos tienen retenidos en el refugio? ¿Cómo vamos a salir para apelar el caso? No nos decían nada, eran puras mentiras.

Un abogado llegó al refugio y nos dijo que teníamos hasta cinco días para apelar el caso, que no nos preocupáramos; que no nos iban a deportar, porque iba a ser ilegal, que él ya estaba haciendo el recurso de amparo para todos.

Las cosas se calmaron un poco y comenzamos a no tener tanto miedo.

Luego, llegó otra abogada de una ONG y nos llevó una hoja que firmamos con una apelación para la orden de deportación, pero a las 2 de la madrugada del día siguiente, las enfermeras del refugio nos sacan a todos diciendo que tenían que dar de alta a unas personas tras haber salido negativo de la segunda prueba de covid.

Y como a las 4 de la mañana, llegaron los de la PDI, con cuatro autobuses y con la notificación de que seríamos deportados a nuestro país.

Entonces la gente empezó a llorar.

Comenzamos a explicarles que nosotros teníamos un recurso de amparo. En mi caso yo tenía una carta de invitación de mi hermano, que él se hacía responsable de mí.

A ellos no les importó nada de eso.

Entonces comenzaron a montar a las personas en los autobuses.

Hubo un niño que fue separado de su mamá. A él lo deportaron, pero a la mamá no; y a ella le agarró una crisis de nervios.

Otro hombre que tenía a su mujer embarazada, también, lo deportaron.

Lo que hicieron fue separar familias.

Todo lo hicieron bajo la cortina para que nadie se enterara, por eso lo hicieron a esa hora.

El abogado llegó indignado al refugio. Estaba muy molesto diciendo que había un recurso de amparo, que las cosas no se podían hacer así, pero nada importó.

Desde el autobús llamé a mi hermano, llorando.

Le expliqué que no lo podía ver, que no importaba si tenía carta de invitación, un recurso de amparo, nada.

Nos iban a deportar igual”.